Permítanme una pequeña frivolidad, pero verles ahí con sus bongos, sus ideas dispersas y a veces contradictorias, higiene cuestionable, lemas a cual más descerebrado y, naturalmente, el ‘apoyo moral’ de los sospechosos habituales como Michael Moore o Susan Sarandon ha azuzado mi nostalgia a corto plazo. ¿Quién dijo que España no exporta? Ahí está la Acampada Sol, traducida al inglés como Occupy Wall Street, demostrando en el Estado del Imperio que en el nuestro de las iniciativas políticas sigue sin ponerse el sol.
Hay cosas, claro, que se pierden en la traducción. Por ejemplo, que la policía neoyorquina se tome en serio la ley y detenga a 700 -con un par- por obstaculizar la vía pública.
Pero aún más importante es el dónde. Indignados y occupiers partían del mismo problema: en el centro del poder se sienta uno de los nuestros, y no es cuestión de llamar la atención pública sobre el hecho de que ha sido la izquierda la que nos ha metido en el callejón sin salida en que estamos. Así que, igual que nuestros 15-M se fueron a darle la tabarra a Esperanza, los americanos han apuntado al enemigo favorito de todo perroflauta que se precie: 'los mercados'. Wall Street. Las 'corporaciones'. El corazón de las tinieblas.
Hace ya como medio siglo, la izquierda vio que con el 'proletariado' no iba a ninguna parte. El mundo libre no hacía más que empujarlos hacia la burguesía, contradiciendo el empobrecimiento paulatino previsto por Marx, y los muy canallas parecían más preocupados por el coche y el pisito, sin olvidar el fútbol, que por mantener la conciencia de clase. El lema de Marx & Engels era "no tenéis nada que perder, sólo vuestras cadenas", y ahora que los trabajadores sí tienen mucho que perder -para empezar, el trabajo-, la izquierda ha encontrado solaz y un nuevo ejército revolucionario de reserva en los no trabajadores, es decir, en la creciente masa de parados, paniaguados, perceptores netos de ayudas varias y perroflautaje en general.
Su lema es que son 'el 99%' en lucha con ese uno por ciento representado por las voraces corporaciones que nos roban el fruto de nuestro trabajo. Cómo puede, digamos, General Motors robarle abiertamente a nadie, y menos a un tocador de bongos del Bronx que vive de cupones de alimentos y ayudas al alquiler es algo que se me escapa, pero no estropeemos el concepto, que suena genial. Por otra parte, aunque las matemáticas no son lo mío, me suena que un millar no es el 99% de 18 millones, que es el número de habitantes que tiene Nueva York.
Las dichosas corporaciones no son angelitos. No hay de eso en este mundo sublunar. Pero, en el peor de los casos, son como raterillos de barrio comparados con el Lucky Luciano de las 'corporaciones', la megacorporación que nos quita nuestro dinero a mano armada, gasta como un marinero borracho y puede enviarte a los guardias, un privilegio que todavía no ha conseguido el mismísimo Bill Gates.
Contrariamente a la creencia popular, las revueltas no se dan en periodos de miseria y opresión, sino de relativa prosperidad y libertad. No se alzó el pueblo hambriento de Etiopía en plena hambruna, ni se rebelaron las masas bajo Stalin o Hitler. Las dos revoluciones más exitosas se dieron en el país más rico de Europa en su momento, Francia, y en una Rusia en una fase espectacular de crecimiento.
Los 'bongueros' neoyorquinos llevan tanto tiempo sobrenadando la afluencia general, viviendo de la teta estatal, que su reacción al 'no hay más cera que la que arde' no es indignarse con el poder, sino crear un 'hombre de paja' y llevarlo a la picota. En 1789 y 1917 el resultado fue la tragedia; en esta ocasión, esperemos que las cosas se queden en farsa.
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