Es perfectamente posible que la historia sea apócrifa. No recuerdo dónde la leí, y he sido incapaz de recuperarla en Google. A los efectos que me interesa, es igual.
Estamos en el sur de África, en los comienzos de la colonización británica. Los zulúes acaban de ser batidos por los chaquetas rojas, y una tribu de este pueblo ve con resentimiento cómo los blancos se quedan con las mejores tierras.
Es entonces cuando el brujo de la tribu les comunica que ha tenido una visión. El Gran Espíritu se ha presentado ante él y le ha comunicado que sus sufrimientos estaban a punto de terminar, que en el plazo de una luna exterminaría a los blancos y llevaría a la tribu a un lugar de abundancia ilimitada donde podrían gozar de todo sin el menor esfuerzo.
La tribu creyó al brujo, que ordenó que sacrificaran todo el ganado y consumieran todo el trigo, ya que nunca más tendrían necesidad de cosa alguna, y pasaron un mes festejando y comiendo a todas horas.
Cuando llegó la fecha señalada, el Gran Espíritu no apareció. Como habían devorado todo el grano y no habían sembrado, no había cosecha; tampoco podían comer del ganado, que habían sacrificado íntegro. La mortandad fue tan atroz que, tras acabar con dos tercios de la tribu, los restantes tuvieron que acercarse a los hombres blancos suplicándoles ayuda.
Ahora bien, ¿imaginan que alguno de los supervivientes contase a sus nietos: «cuando de verdad se vivía bien era cuando mandaba el brujo X; entonces comíamos y festejábamos hasta reventar y todo era abundancia?». Nadie es tan estúpido, ¿verdad?
Mentira. Nosotros somos así de estúpidos. La economía trata de la creación, conservación y distribución de riqueza, y con las complejas estructuras actuales, una medida que se tome ahora puede tener consecuencias dentro de diez, veinte o treinta años. La crisis que nos azota desde 2008 -y que, no se emocionen, no ha hecho más que empezar- se ha ido gestando durante décadas. Y, sin embargo, seguimos achacando las bonanzas o los declives económicos a los gobiernos bajo los cuales los sufrimos o gozamos.
Esa es la trampa de las modernas democracias de partidos: nada realmente importante puede emprenderse, porque todo lo que vale la pena y da fruto abundante se consigue con un esfuerzo inicial prolongado. Y, ¿qué partido pedirá sacrificios para que luego la gloria se la lleve el rival?
Un ejemplo fácil, entre miles, es el energético. No voy a polemizar, pero supongamos que los expertos más razonables llegaran a la conclusión de que la única salida para ser autosuficientes y disponer de una energía barata es la construcción de centrales nucleares.
Ahora bien, desde el momento en que se toma la decisión de construir una central hasta que ésta produce el primer vatio pasan un mínimo de diez años. Y eso supone una inversión presupuestaria que implica no destinar ese dinero a otras partidas, la oposición de la región donde se va a instalar la central, las campañas de la oposición y de los grupos afectados, ectétera. Es decir, un montón de ‘mala publicidad’, porque el pueblo es incapaz de visualizar las ventajas del futuro y, de serlo, ya se encargará la oposición de frustrar esa visión a largo plazo.
La pregunta más tonta que puede hacerse un votante a la hora de elegir la papeleta que meter en la urna es la que planteaba Ronald Reagan: «¿Está usted mejor o peor que hace cuatro años?». En el ejemplo con el que empezábamos, los de la tribu dirían que, sin duda, nunca estuvieron mejor que con el brujo X.
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