miércoles, 5 de octubre de 2011

A la vuelta de la publicidad

A ver, sin mirar en Google: ¿qué ha sido de Sudáfrica después del fin del Apartheid? La guerra de Kosovo fue una de las grandes atracciones de nuestros telediarios hace unos años. ¿Sabe en qué quedó aquello? ¿Los hutus y los tutsis, quizá?

Lo suponía.

En nada de tiempo nos aburrimos de la matanza noruega, el pillaje en Tottenham o las revueltas árabes; la cosa podrá acabar en una nueva generación de marionetas de Washington, o en un régimen más o menos normal, a la turca. A nadie le importará ya un pimiento.

Nuestras vidas probablemente no sean de cine, pero nuestra mentalidad lo es, cada vez más. O de tele. En las películas vemos enriquecerse al protagonista sin verlo trabajar, contemplamos cómo unas escasísimas tomas resumen esfuerzos de meses o años. En televisión, el tiempo que toleramos un argumento sobre el tema más abstruso son… 59 segundos. Nuestra capacidad de atención empieza a parecerse a la del pececito ese de Buscando a Nemo.

Por eso es imposible que mantengamos narrativas coherentes sobre lo que pasa, y perfectamente posible para nuestros ‘cuidadores’ decir digo donde dijeron Diego sin demasiado escándalo. Los fraternales aliados de ayer -Saddam, Bin Laden- son los enemigos implacables de hoy, y al revés, y nadie nota la diferencia. ¿Se acuerdan de 1984? «Oceanía siempre ha estado en guerra con Eurasia».

Las historias no tienen principio ni final; no tenemos tiempo para aprender las causas ni paciencia para las consecuencias. No entendemos lo que pasa a nuestro alrededor, y a nuestros amos nada les gusta más que esta indiferencia. El mundo entero nos espera a la vuelta de la publicidad.

Pretender que un pueblo así puede dar sentido alguno a la palabra ‘democracia’ equivale a creer que los concursantes que optan por la Puerta A o la Puerta B están ejerciendo su libertad.

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