De un viejo reaccionario como yo siempre podréis esperar elegíacos gruñidos sobre tradiciones que se pierden y hermosas costumbres que se olvidan.
Hoy no voy a ser menos.
Me refiero, en este caso, a la multisecular tradición de disciplinar banqueros. En general, la Cristiandad se distinguió de otras civilizaciones por esa vena de justiciera insurrección, muchas veces reglada, de poner al poderoso en la picota y obligar a los grandes de este mundo a vestir de saco y cubrirse la cabeza con ceniza. Exaltabit humiles y todo eso.
Coincidirán conmigo que el espectáculo de todo un emperador como Federico Barbarroja aguantando a pie desnudo sobre la nieve y bajo los muros de Canosa durante horas a la espera del perdón papal, vestido de saco, haría un magnífico reportaje para el prime time de nuestros telediarios. Y cosas como ver al poderoso Enrique II Plantagenet azotado por monjes haría mucho por fomentar el interés de las masas por la cosa pública.
Ahora los príncipes de este mundo no llevan corona, y dependen hasta tal punto del financiero que verlos en procesión con el sambenito es dejar escapar vivo al verdadero sátrapa.
Hablo de una honorable tradición. A principios del siglo XVII, tras el estallido de la ‘South Sea Bubble’, un fraude financiero que ni siquiera se acerca al marasmo que nos espera a nosotros, en una institución tan poco sospechosa de jacobinismo como es la Cámara de los Comunes se llegó a proponer oficialmente una resolución para “atar a los banqueros, meterlos en sacos con serpientes y arrojarlos al Támesis”.
Cosas de la historia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario