A ver, sin mirar en Google: ¿qué ha sido de Sudáfrica después del fin del Apartheid? La guerra de Kosovo fue una de las grandes atracciones de nuestros telediarios hace unos años. ¿Sabe en qué quedó aquello? ¿Los hutus y los tutsis, quizá?
Lo suponía.
En nada de tiempo nos aburrimos de la matanza noruega, el pillaje en Tottenham o las revueltas árabes; la cosa podrá acabar en una nueva generación de marionetas de Washington, o en un régimen más o menos normal, a la turca. A nadie le importará ya un pimiento.
Nuestras vidas probablemente no sean de cine, pero nuestra mentalidad lo es, cada vez más. O de tele. En las películas vemos enriquecerse al protagonista sin verlo trabajar, contemplamos cómo unas escasísimas tomas resumen esfuerzos de meses o años. En televisión, el tiempo que toleramos un argumento sobre el tema más abstruso son… 59 segundos. Nuestra capacidad de atención empieza a parecerse a la del pececito ese de Buscando a Nemo.
Por eso es imposible que mantengamos narrativas coherentes sobre lo que pasa, y perfectamente posible para nuestros ‘cuidadores’ decir digo donde dijeron Diego sin demasiado escándalo. Los fraternales aliados de ayer -Saddam, Bin Laden- son los enemigos implacables de hoy, y al revés, y nadie nota la diferencia. ¿Se acuerdan de 1984? «Oceanía siempre ha estado en guerra con Eurasia».
Las historias no tienen principio ni final; no tenemos tiempo para aprender las causas ni paciencia para las consecuencias. No entendemos lo que pasa a nuestro alrededor, y a nuestros amos nada les gusta más que esta indiferencia. El mundo entero nos espera a la vuelta de la publicidad.
Pretender que un pueblo así puede dar sentido alguno a la palabra ‘democracia’ equivale a creer que los concursantes que optan por la Puerta A o la Puerta B están ejerciendo su libertad.
miércoles, 5 de octubre de 2011
Cosas de la historia
De un viejo reaccionario como yo siempre podréis esperar elegíacos gruñidos sobre tradiciones que se pierden y hermosas costumbres que se olvidan.
Hoy no voy a ser menos.
Me refiero, en este caso, a la multisecular tradición de disciplinar banqueros. En general, la Cristiandad se distinguió de otras civilizaciones por esa vena de justiciera insurrección, muchas veces reglada, de poner al poderoso en la picota y obligar a los grandes de este mundo a vestir de saco y cubrirse la cabeza con ceniza. Exaltabit humiles y todo eso.
Coincidirán conmigo que el espectáculo de todo un emperador como Federico Barbarroja aguantando a pie desnudo sobre la nieve y bajo los muros de Canosa durante horas a la espera del perdón papal, vestido de saco, haría un magnífico reportaje para el prime time de nuestros telediarios. Y cosas como ver al poderoso Enrique II Plantagenet azotado por monjes haría mucho por fomentar el interés de las masas por la cosa pública.
Ahora los príncipes de este mundo no llevan corona, y dependen hasta tal punto del financiero que verlos en procesión con el sambenito es dejar escapar vivo al verdadero sátrapa.
Hablo de una honorable tradición. A principios del siglo XVII, tras el estallido de la ‘South Sea Bubble’, un fraude financiero que ni siquiera se acerca al marasmo que nos espera a nosotros, en una institución tan poco sospechosa de jacobinismo como es la Cámara de los Comunes se llegó a proponer oficialmente una resolución para “atar a los banqueros, meterlos en sacos con serpientes y arrojarlos al Támesis”.
Cosas de la historia.
Hoy no voy a ser menos.
Me refiero, en este caso, a la multisecular tradición de disciplinar banqueros. En general, la Cristiandad se distinguió de otras civilizaciones por esa vena de justiciera insurrección, muchas veces reglada, de poner al poderoso en la picota y obligar a los grandes de este mundo a vestir de saco y cubrirse la cabeza con ceniza. Exaltabit humiles y todo eso.
Coincidirán conmigo que el espectáculo de todo un emperador como Federico Barbarroja aguantando a pie desnudo sobre la nieve y bajo los muros de Canosa durante horas a la espera del perdón papal, vestido de saco, haría un magnífico reportaje para el prime time de nuestros telediarios. Y cosas como ver al poderoso Enrique II Plantagenet azotado por monjes haría mucho por fomentar el interés de las masas por la cosa pública.
Ahora los príncipes de este mundo no llevan corona, y dependen hasta tal punto del financiero que verlos en procesión con el sambenito es dejar escapar vivo al verdadero sátrapa.
Hablo de una honorable tradición. A principios del siglo XVII, tras el estallido de la ‘South Sea Bubble’, un fraude financiero que ni siquiera se acerca al marasmo que nos espera a nosotros, en una institución tan poco sospechosa de jacobinismo como es la Cámara de los Comunes se llegó a proponer oficialmente una resolución para “atar a los banqueros, meterlos en sacos con serpientes y arrojarlos al Támesis”.
Cosas de la historia.
Democracia zulú
Es perfectamente posible que la historia sea apócrifa. No recuerdo dónde la leí, y he sido incapaz de recuperarla en Google. A los efectos que me interesa, es igual.
Estamos en el sur de África, en los comienzos de la colonización británica. Los zulúes acaban de ser batidos por los chaquetas rojas, y una tribu de este pueblo ve con resentimiento cómo los blancos se quedan con las mejores tierras.
Es entonces cuando el brujo de la tribu les comunica que ha tenido una visión. El Gran Espíritu se ha presentado ante él y le ha comunicado que sus sufrimientos estaban a punto de terminar, que en el plazo de una luna exterminaría a los blancos y llevaría a la tribu a un lugar de abundancia ilimitada donde podrían gozar de todo sin el menor esfuerzo.
La tribu creyó al brujo, que ordenó que sacrificaran todo el ganado y consumieran todo el trigo, ya que nunca más tendrían necesidad de cosa alguna, y pasaron un mes festejando y comiendo a todas horas.
Cuando llegó la fecha señalada, el Gran Espíritu no apareció. Como habían devorado todo el grano y no habían sembrado, no había cosecha; tampoco podían comer del ganado, que habían sacrificado íntegro. La mortandad fue tan atroz que, tras acabar con dos tercios de la tribu, los restantes tuvieron que acercarse a los hombres blancos suplicándoles ayuda.
Ahora bien, ¿imaginan que alguno de los supervivientes contase a sus nietos: «cuando de verdad se vivía bien era cuando mandaba el brujo X; entonces comíamos y festejábamos hasta reventar y todo era abundancia?». Nadie es tan estúpido, ¿verdad?
Mentira. Nosotros somos así de estúpidos. La economía trata de la creación, conservación y distribución de riqueza, y con las complejas estructuras actuales, una medida que se tome ahora puede tener consecuencias dentro de diez, veinte o treinta años. La crisis que nos azota desde 2008 -y que, no se emocionen, no ha hecho más que empezar- se ha ido gestando durante décadas. Y, sin embargo, seguimos achacando las bonanzas o los declives económicos a los gobiernos bajo los cuales los sufrimos o gozamos.
Esa es la trampa de las modernas democracias de partidos: nada realmente importante puede emprenderse, porque todo lo que vale la pena y da fruto abundante se consigue con un esfuerzo inicial prolongado. Y, ¿qué partido pedirá sacrificios para que luego la gloria se la lleve el rival?
Un ejemplo fácil, entre miles, es el energético. No voy a polemizar, pero supongamos que los expertos más razonables llegaran a la conclusión de que la única salida para ser autosuficientes y disponer de una energía barata es la construcción de centrales nucleares.
Ahora bien, desde el momento en que se toma la decisión de construir una central hasta que ésta produce el primer vatio pasan un mínimo de diez años. Y eso supone una inversión presupuestaria que implica no destinar ese dinero a otras partidas, la oposición de la región donde se va a instalar la central, las campañas de la oposición y de los grupos afectados, ectétera. Es decir, un montón de ‘mala publicidad’, porque el pueblo es incapaz de visualizar las ventajas del futuro y, de serlo, ya se encargará la oposición de frustrar esa visión a largo plazo.
La pregunta más tonta que puede hacerse un votante a la hora de elegir la papeleta que meter en la urna es la que planteaba Ronald Reagan: «¿Está usted mejor o peor que hace cuatro años?». En el ejemplo con el que empezábamos, los de la tribu dirían que, sin duda, nunca estuvieron mejor que con el brujo X.
Estamos en el sur de África, en los comienzos de la colonización británica. Los zulúes acaban de ser batidos por los chaquetas rojas, y una tribu de este pueblo ve con resentimiento cómo los blancos se quedan con las mejores tierras.
Es entonces cuando el brujo de la tribu les comunica que ha tenido una visión. El Gran Espíritu se ha presentado ante él y le ha comunicado que sus sufrimientos estaban a punto de terminar, que en el plazo de una luna exterminaría a los blancos y llevaría a la tribu a un lugar de abundancia ilimitada donde podrían gozar de todo sin el menor esfuerzo.
La tribu creyó al brujo, que ordenó que sacrificaran todo el ganado y consumieran todo el trigo, ya que nunca más tendrían necesidad de cosa alguna, y pasaron un mes festejando y comiendo a todas horas.
Cuando llegó la fecha señalada, el Gran Espíritu no apareció. Como habían devorado todo el grano y no habían sembrado, no había cosecha; tampoco podían comer del ganado, que habían sacrificado íntegro. La mortandad fue tan atroz que, tras acabar con dos tercios de la tribu, los restantes tuvieron que acercarse a los hombres blancos suplicándoles ayuda.
Ahora bien, ¿imaginan que alguno de los supervivientes contase a sus nietos: «cuando de verdad se vivía bien era cuando mandaba el brujo X; entonces comíamos y festejábamos hasta reventar y todo era abundancia?». Nadie es tan estúpido, ¿verdad?
Mentira. Nosotros somos así de estúpidos. La economía trata de la creación, conservación y distribución de riqueza, y con las complejas estructuras actuales, una medida que se tome ahora puede tener consecuencias dentro de diez, veinte o treinta años. La crisis que nos azota desde 2008 -y que, no se emocionen, no ha hecho más que empezar- se ha ido gestando durante décadas. Y, sin embargo, seguimos achacando las bonanzas o los declives económicos a los gobiernos bajo los cuales los sufrimos o gozamos.
Esa es la trampa de las modernas democracias de partidos: nada realmente importante puede emprenderse, porque todo lo que vale la pena y da fruto abundante se consigue con un esfuerzo inicial prolongado. Y, ¿qué partido pedirá sacrificios para que luego la gloria se la lleve el rival?
Un ejemplo fácil, entre miles, es el energético. No voy a polemizar, pero supongamos que los expertos más razonables llegaran a la conclusión de que la única salida para ser autosuficientes y disponer de una energía barata es la construcción de centrales nucleares.
Ahora bien, desde el momento en que se toma la decisión de construir una central hasta que ésta produce el primer vatio pasan un mínimo de diez años. Y eso supone una inversión presupuestaria que implica no destinar ese dinero a otras partidas, la oposición de la región donde se va a instalar la central, las campañas de la oposición y de los grupos afectados, ectétera. Es decir, un montón de ‘mala publicidad’, porque el pueblo es incapaz de visualizar las ventajas del futuro y, de serlo, ya se encargará la oposición de frustrar esa visión a largo plazo.
La pregunta más tonta que puede hacerse un votante a la hora de elegir la papeleta que meter en la urna es la que planteaba Ronald Reagan: «¿Está usted mejor o peor que hace cuatro años?». En el ejemplo con el que empezábamos, los de la tribu dirían que, sin duda, nunca estuvieron mejor que con el brujo X.
That not, that not, that they don't represent us!
Es curioso que no haya nada tan perfectamente globalizado como los movimientos que más han dado la vara contra la globalización, de modo que quienes revientan una cumbre en Copenhague tienen idénticos métodos, corean los mismos lemas, visten el mismo cutre-look y, con frecuencia, son las mismas personas que los que montan la parda ante una reunión del G-7 en Ottawa.
Esto viene a cuento del Occupy Wall Street, un 'happening' que consiste, básicamente, en una traducción libre de nuestro entrañable 15-M. La indignación no conoce fronteras y tonterías se pueden decir en cualquier idioma.
La izquierda dejó caer a la clase obrera, en cuyo nombre hablaba, hace ya cosa de medio siglo y como quien no quiere la cosa. Y es que los trabajadores eran una incesante fuente de quebraderos de cabeza para los marxistas de salón, con su vergonzosa pasión por convertirse en burguesía a la que te descuidas y sus horripilantes gustos 'comerciales'.
Así que el rojerío -sin abandonar del todo la retórica obrerista, naturalmente- se puso a buscar otro ejército de reserva y lo encontró, irónicamente, en los no trabajadores. ¡Parados del mundo, beneficiados de la teta Estatal, paniaguados varios, subvencionados todos, uníos; no tenéis nada que perder, sólo el chollo público!
Llevamos tanto tiempo de prosperidad que a los hijos de la LOGSE les cuesta ver que la riqueza no es la energía, que ni se crea ni se destruye. Que un tipo que no ha dado un palo al agua en su vida pueda acusar a las 'corporaciones' -las que, bien que mal, crean la riqueza- de 'robarles' puede resultar algo antiintuitivo, pero no lo es para una generación que parece creer que sus iPads cuelgan de los árboles y la leche la producen de forma espontánea los tetrabricks. Después de todo, si alguien tiene un yate y yo no, es indudablemente porque ha ido al Almacén Universal de Yates y se ha llevado el que me corresponde.
Todo lo que a los mandarines de la famélica legión les falta de sentido común les sobra de mercadotecnia. De hecho, siguen quitándole el producto de las manos después del gulag y doscientos millones de muertos, un mérito que ríete tú del de las tabaqueras. El 'selling point' es imbatible:
Nada negativo de lo que te ocurre es culpa tuya
Si alguien tiene algo que tú no tienes, no le des más vueltas: te lo ha robado
El modo de arreglar el mundo nunca es producir cosas, sino ocupar sitios y gritat eslóganes chorras
No te pedimos que te manifiestes ante los tanques de Pekín o que protestes en Corea del Norte; se trata sólo de pasar un rato divertido y emocionante que se puede saldar, en el peor de los casos, con una noche en el cuartelillo.
A cambio de tan escaso esfuerzo, serás protagonista de la historia y, con un poco de suerte, saldrás en la tele
La higiene personal está sobrevalorada y ducharse diariamente es fascista
La derecha, mientras, habla de esfuerzo, austeridad, producción, competencia... Argh. Sólo hay que verles en las escasas manifestaciones que organizan, sin bongos ni tíos en zancos y con un aire de pacífico paseo dominguero que tira para atrás.
Esto viene a cuento del Occupy Wall Street, un 'happening' que consiste, básicamente, en una traducción libre de nuestro entrañable 15-M. La indignación no conoce fronteras y tonterías se pueden decir en cualquier idioma.
La izquierda dejó caer a la clase obrera, en cuyo nombre hablaba, hace ya cosa de medio siglo y como quien no quiere la cosa. Y es que los trabajadores eran una incesante fuente de quebraderos de cabeza para los marxistas de salón, con su vergonzosa pasión por convertirse en burguesía a la que te descuidas y sus horripilantes gustos 'comerciales'.
Así que el rojerío -sin abandonar del todo la retórica obrerista, naturalmente- se puso a buscar otro ejército de reserva y lo encontró, irónicamente, en los no trabajadores. ¡Parados del mundo, beneficiados de la teta Estatal, paniaguados varios, subvencionados todos, uníos; no tenéis nada que perder, sólo el chollo público!
Llevamos tanto tiempo de prosperidad que a los hijos de la LOGSE les cuesta ver que la riqueza no es la energía, que ni se crea ni se destruye. Que un tipo que no ha dado un palo al agua en su vida pueda acusar a las 'corporaciones' -las que, bien que mal, crean la riqueza- de 'robarles' puede resultar algo antiintuitivo, pero no lo es para una generación que parece creer que sus iPads cuelgan de los árboles y la leche la producen de forma espontánea los tetrabricks. Después de todo, si alguien tiene un yate y yo no, es indudablemente porque ha ido al Almacén Universal de Yates y se ha llevado el que me corresponde.
Todo lo que a los mandarines de la famélica legión les falta de sentido común les sobra de mercadotecnia. De hecho, siguen quitándole el producto de las manos después del gulag y doscientos millones de muertos, un mérito que ríete tú del de las tabaqueras. El 'selling point' es imbatible:
Nada negativo de lo que te ocurre es culpa tuya
Si alguien tiene algo que tú no tienes, no le des más vueltas: te lo ha robado
El modo de arreglar el mundo nunca es producir cosas, sino ocupar sitios y gritat eslóganes chorras
No te pedimos que te manifiestes ante los tanques de Pekín o que protestes en Corea del Norte; se trata sólo de pasar un rato divertido y emocionante que se puede saldar, en el peor de los casos, con una noche en el cuartelillo.
A cambio de tan escaso esfuerzo, serás protagonista de la historia y, con un poco de suerte, saldrás en la tele
La higiene personal está sobrevalorada y ducharse diariamente es fascista
La derecha, mientras, habla de esfuerzo, austeridad, producción, competencia... Argh. Sólo hay que verles en las escasas manifestaciones que organizan, sin bongos ni tíos en zancos y con un aire de pacífico paseo dominguero que tira para atrás.
Ocupa Wall Street (y olvida la Casa Blanca)
Permítanme una pequeña frivolidad, pero verles ahí con sus bongos, sus ideas dispersas y a veces contradictorias, higiene cuestionable, lemas a cual más descerebrado y, naturalmente, el ‘apoyo moral’ de los sospechosos habituales como Michael Moore o Susan Sarandon ha azuzado mi nostalgia a corto plazo. ¿Quién dijo que España no exporta? Ahí está la Acampada Sol, traducida al inglés como Occupy Wall Street, demostrando en el Estado del Imperio que en el nuestro de las iniciativas políticas sigue sin ponerse el sol.
Hay cosas, claro, que se pierden en la traducción. Por ejemplo, que la policía neoyorquina se tome en serio la ley y detenga a 700 -con un par- por obstaculizar la vía pública.
Pero aún más importante es el dónde. Indignados y occupiers partían del mismo problema: en el centro del poder se sienta uno de los nuestros, y no es cuestión de llamar la atención pública sobre el hecho de que ha sido la izquierda la que nos ha metido en el callejón sin salida en que estamos. Así que, igual que nuestros 15-M se fueron a darle la tabarra a Esperanza, los americanos han apuntado al enemigo favorito de todo perroflauta que se precie: 'los mercados'. Wall Street. Las 'corporaciones'. El corazón de las tinieblas.
Hace ya como medio siglo, la izquierda vio que con el 'proletariado' no iba a ninguna parte. El mundo libre no hacía más que empujarlos hacia la burguesía, contradiciendo el empobrecimiento paulatino previsto por Marx, y los muy canallas parecían más preocupados por el coche y el pisito, sin olvidar el fútbol, que por mantener la conciencia de clase. El lema de Marx & Engels era "no tenéis nada que perder, sólo vuestras cadenas", y ahora que los trabajadores sí tienen mucho que perder -para empezar, el trabajo-, la izquierda ha encontrado solaz y un nuevo ejército revolucionario de reserva en los no trabajadores, es decir, en la creciente masa de parados, paniaguados, perceptores netos de ayudas varias y perroflautaje en general.
Su lema es que son 'el 99%' en lucha con ese uno por ciento representado por las voraces corporaciones que nos roban el fruto de nuestro trabajo. Cómo puede, digamos, General Motors robarle abiertamente a nadie, y menos a un tocador de bongos del Bronx que vive de cupones de alimentos y ayudas al alquiler es algo que se me escapa, pero no estropeemos el concepto, que suena genial. Por otra parte, aunque las matemáticas no son lo mío, me suena que un millar no es el 99% de 18 millones, que es el número de habitantes que tiene Nueva York.
Las dichosas corporaciones no son angelitos. No hay de eso en este mundo sublunar. Pero, en el peor de los casos, son como raterillos de barrio comparados con el Lucky Luciano de las 'corporaciones', la megacorporación que nos quita nuestro dinero a mano armada, gasta como un marinero borracho y puede enviarte a los guardias, un privilegio que todavía no ha conseguido el mismísimo Bill Gates.
Contrariamente a la creencia popular, las revueltas no se dan en periodos de miseria y opresión, sino de relativa prosperidad y libertad. No se alzó el pueblo hambriento de Etiopía en plena hambruna, ni se rebelaron las masas bajo Stalin o Hitler. Las dos revoluciones más exitosas se dieron en el país más rico de Europa en su momento, Francia, y en una Rusia en una fase espectacular de crecimiento.
Los 'bongueros' neoyorquinos llevan tanto tiempo sobrenadando la afluencia general, viviendo de la teta estatal, que su reacción al 'no hay más cera que la que arde' no es indignarse con el poder, sino crear un 'hombre de paja' y llevarlo a la picota. En 1789 y 1917 el resultado fue la tragedia; en esta ocasión, esperemos que las cosas se queden en farsa.
Hay cosas, claro, que se pierden en la traducción. Por ejemplo, que la policía neoyorquina se tome en serio la ley y detenga a 700 -con un par- por obstaculizar la vía pública.
Pero aún más importante es el dónde. Indignados y occupiers partían del mismo problema: en el centro del poder se sienta uno de los nuestros, y no es cuestión de llamar la atención pública sobre el hecho de que ha sido la izquierda la que nos ha metido en el callejón sin salida en que estamos. Así que, igual que nuestros 15-M se fueron a darle la tabarra a Esperanza, los americanos han apuntado al enemigo favorito de todo perroflauta que se precie: 'los mercados'. Wall Street. Las 'corporaciones'. El corazón de las tinieblas.
Hace ya como medio siglo, la izquierda vio que con el 'proletariado' no iba a ninguna parte. El mundo libre no hacía más que empujarlos hacia la burguesía, contradiciendo el empobrecimiento paulatino previsto por Marx, y los muy canallas parecían más preocupados por el coche y el pisito, sin olvidar el fútbol, que por mantener la conciencia de clase. El lema de Marx & Engels era "no tenéis nada que perder, sólo vuestras cadenas", y ahora que los trabajadores sí tienen mucho que perder -para empezar, el trabajo-, la izquierda ha encontrado solaz y un nuevo ejército revolucionario de reserva en los no trabajadores, es decir, en la creciente masa de parados, paniaguados, perceptores netos de ayudas varias y perroflautaje en general.
Su lema es que son 'el 99%' en lucha con ese uno por ciento representado por las voraces corporaciones que nos roban el fruto de nuestro trabajo. Cómo puede, digamos, General Motors robarle abiertamente a nadie, y menos a un tocador de bongos del Bronx que vive de cupones de alimentos y ayudas al alquiler es algo que se me escapa, pero no estropeemos el concepto, que suena genial. Por otra parte, aunque las matemáticas no son lo mío, me suena que un millar no es el 99% de 18 millones, que es el número de habitantes que tiene Nueva York.
Las dichosas corporaciones no son angelitos. No hay de eso en este mundo sublunar. Pero, en el peor de los casos, son como raterillos de barrio comparados con el Lucky Luciano de las 'corporaciones', la megacorporación que nos quita nuestro dinero a mano armada, gasta como un marinero borracho y puede enviarte a los guardias, un privilegio que todavía no ha conseguido el mismísimo Bill Gates.
Contrariamente a la creencia popular, las revueltas no se dan en periodos de miseria y opresión, sino de relativa prosperidad y libertad. No se alzó el pueblo hambriento de Etiopía en plena hambruna, ni se rebelaron las masas bajo Stalin o Hitler. Las dos revoluciones más exitosas se dieron en el país más rico de Europa en su momento, Francia, y en una Rusia en una fase espectacular de crecimiento.
Los 'bongueros' neoyorquinos llevan tanto tiempo sobrenadando la afluencia general, viviendo de la teta estatal, que su reacción al 'no hay más cera que la que arde' no es indignarse con el poder, sino crear un 'hombre de paja' y llevarlo a la picota. En 1789 y 1917 el resultado fue la tragedia; en esta ocasión, esperemos que las cosas se queden en farsa.
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